lunes, 2 de noviembre de 2015

El café de medianoche.

Es de noche.

Son las once, las once y cincuenta y ocho minutos.

Ella se sienta en su butaca roja. Nunca se planteó por qué roja; quizá el color rojo fue su favorito en la infancia o quizá le recordaba al color de los labios de su madre o a los ojos de su padre. Rojo, algo tan banal como una butaca era capaz de tener tanto contenido emocional dentro... Y sin embargo ella no tiene ninguno; es nulo. No siente nada en este momento. Solo puede  sentir su corazón latir en su pecho, se nota más viva que nunca.
El terciopelo de la butaca la hace cómoda, es agradable al tacto, es suave. La toca, disfrutando del tacto, puede que eso se lo único que la hace sentir ahora, el terciopelo de la butaca roja.

Fuera hace un frío increíble. Está nevando. Probablemente las otras casas estén llenas de familias celebrando este gran día. Seguramente estarán cantando , riendo y disfrutando de la noche. Estarán disfrutando del calor de la familia. Pero ella, ella solo recibe calor del fuego de la chimenea que arde intensamente quemando la leña que le da la vida y que sabe que cuando la consuma, se consumirá él también en la nada, y volverá el frío; pero él arde, arde y no para. Sin embargo ella sí para. Expira el aire que había inhalado mientras tocaba el terciopelo para que ahora que ya no lo puede utilizar más, lo aproveche el fuego para seguir consumiendo la llama que le da la vida.

Son las once, las once y cincuenta y nueve minutos.

Ella dirige su mirada hacia el espejo que hay justo enfrente de ella, pero no ve nada, nada más allá de la butaca roja de terciopelo, vacía.

No importa, porque ella disfruta del silencio que proporciona la soledad que trae amargura y tristeza a su alma, aunque pensándolo bien, puede que ella ya no tenga de eso. Exacto, puede que no tenga alma, y es consciente de ello. Pero a pesar de todo, ella sigue disfrutando de ese silencio que le trae sosiego.

Huele el café, está justo a su lado. Huele maravillosamente bien. Le apetece bebérselo. Está caliente y y tiene un color exquisito.  Piensa que el café tiene un color similar al color del cielo esa misma noche.  Toma el café con sus manos y lo huele un poco más de cerca. Sus manos ahora están calientes debido al café. Se lo acerca poco a poco a la boca, poco a poco mientras escucha las agujas del reloj estremecerse estrepitosamente hacia las doce en punto y mientras oye la cuerda crujir justo encima suya.

Son las doce, las doce en punto, justo medianoche.

Ella introduce el café en sus labios y a pesar de que arde, lo traga de un sorbo. Dirige su mirada a su marido que está colgado por el cuello de la cuerda que cruje. Luego se vuelve a mirar en el espejo siguiendo sin poder ver nada. Se arrodilla delante del fuego y cae muerta encima de él. La casa comienza a arder. Las risas del vecindario rebotan por todas las calles, mientras la casa arde. Finalmente, el fuego ha conseguido encontrar una salida para seguir viviendo más tiempo; ella no.







No hay comentarios:

Publicar un comentario