martes, 3 de noviembre de 2015

Vacío

Ella le miró.
Estaba sentada en el sofá de la casa de él, él le había hecho la cena y allí estaban, cenando mientras veían la tele y hablaban de cosas absolutamente banales. Pero a ella le gustaba, le gustaba sentirse cómoda y hablar de cualquier cosa, le gustaba no tener presión.
Miró su tenedor, siempre había comido muy lento, toda su vida habían tenido que esperarla, pero ya no le importaba, era parte de su forma de ser.
Así que le miró. Le miró y en ese momento deseó poder decirle cuánto le gustaba. Le vió sonreír y no pudo evitar contagiarse de alegría. Esa alegría tonta e infantil que te viene cada vez que alguien te hace sentir algo, esas ganas de darle un abrazo y un beso sin motivo alguno, sólo por puro impulso.
Le miró y no pudo evitar desear decirle absolutamente todo lo que le estaba haciendo sentir y pensar, todo lo que le gustaba. Deseaba poder demostrarle todo lo que era, todo lo que podían hacer juntos. Deseaba poder hablar sin tapujos de todo lo que podían ser, sin miedo. Sintió que su pecho se hinchaba, su respiración se hacía más difícil y tuvo que luchar contra sí misma para no decirlo todo de golpe y sin previo aviso.
Y todo esto pasó en una fracción de tiempo de pocos segundos, que él no vió.
Cerró la boca y miró la tele. Recordó que por muy fan de Shakespeare que seas, Romeo, Julieta, Hamlet y Ofelia, siempre serán literatura.
Por muy fan de Disney que seas, las princesas y los príncipes no se enamoran en dos citas.
Por muy romántica que seas, a veces tienes que callarte para no estropear las cosas.
Aquella noche tuvieron sexo, y aunque para ella tuvo todo el significado que no había tenido en mucho tiempo, se marchó a casa sin tener la menor idea de lo que había sido para él.

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