martes, 9 de agosto de 2016

GAMERS-Capítulo 1-El despertar de la magia

Sus padres trabajaban esa mañana. Carmen se levantó ese día por el aburrimiento de estar en la cama. Sí, se aburría de retozar entre las sábanas. Como de costumbre se recogió el pelo en un moño despeinado. Su pelo daba de sí para poder hacerlo: esa cabellera castaña con reflejos rubios en las puntas, era digna de anuncio de champús o acondicionadores. A continuación se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno. A ella le encantaba el café caliente, incluso en ese momento, en verano, a pesar de que no tenía aire acondicionado y se asaba al tomárselo. Ya olía a café. Mientras terminaba de subir la cafetera, Carmen se dedicó a revisar su Facebook en su móvil, un Samsung de color negro. Lo cierto es que podría habérselo cogido de oto color, pero a ella le gustaba el negro. No era como la mayoría de las personas de esa edad. Ella, a sus 17 años, recién cumplidos la semana anterior, tenía un espíritu luchador e inconformista que lejos de preocuparse por cosas banales tenía gran interés por cosas más "aburridas" como la política. Y es por eso que mientras se tomó el café estuvo viendo "Las mañanas de Cuatro". La situación del momento le superaba. Cuatro grandes partidos no eran capaces de ponerse de acuerdo en gobernar un país. Ella siempre fue más progresista aunque tenía aspectos que eran más bien moderados; podría decirse que era una persona compleja. Así que, disfrutó de su café, más bien aguado, como le gustaba, y vio el programa sentada en el sofá del comedor. Carmen pensó que esa mañana al termina el café iría directa a la piscina municipal de su pueblo, con su amigo Leo, como planearon la noche anterior.  Ella quería ponerse morena porque según ella misma, tenía un tono de piel "lácteo". Leo siempre le hacía chistes guarros sobre esa expresión. Pero lo cierto es que así era: La piel blanca conjugaba con sus ojos verdes y contrastaba con su pelo castaño. Carmen siempre se quejaba de su tono de piel, pero se alegraba de su altura. Bastante alta, más que Leo, por poco.

Hacía mucho calor esa  mañana, pero Carmen ya iba en ropa interior: un sujetador y unas bragas negras. Así que encendió el ventilador que tenía en el comedor. -Mucho mejor- pensó.
En una de esas, le llegó un Wass de Leo: "¿Estás lista?". ¿Lista? ¿Cómo iba a estar lista? ¡Si aún estaba terminándose el café y en ropa interior. Entonces Carmen se dio cuenta de que ya eran las once en punto. Había quedado a esa hora con Leo en la plaza del pueblo. Pero cuando Carmen fue a contestarle, el teclado de su móvil no funcionaba. Toqueteó todo: lo intentó apagar pero no lo consiguió. La imagen estaba congelada en la conversación de Leo. A Carmen se le ocurrió quitar la batería del móvil, pero aún así, no consiguió apagarlo. -Menuda mierda de móvil-dijo enfadada. Con los nervios empezó a sudar. -No puede ser- dijo alucinada; el ventilador había dejado de funcionar también. No podía tener peor suerte. Se tocó el pelo con la mano derecha y alzó la vista resoplando. De esta forma se dio cuenta de que la imagen de la tele se había congelado también. -¿Qué coño?- se preguntó a sí misma. No, eso no podía ser normal, demasiada coincidencia. Ella siempre había sido defensora absoluta de la coincidencia, incluso defendía que la vida era cuestión de un cumulo de simples coincidencias. Esto no lo era y ella lo sabía.
 Se levantó de un salto del sofá cuando de repente la imagen de la tele cambia sola. Apareció la cara de una mujer con el pelo blanco y los ojos blancos. Carmen no podía salir de su asombro. -¡Sal de la casa Carmen! ¡Carmen, sal de la casa!-dijo la mujer. De golpe se cortó la imagen. Carmen, muy asustada se fue corriendo a su habitación y abrió la puerta del armario para coger una camiseta y no salir desnuda de su casa. Al abrir el armario encontró a un extraño ser, un encapuchado de rojo que se le echó encima cogiéndola del cuello y haciéndola levitar hasta el techo. Carmen estaba contra el techo y comenzaron a salir una especie de raíces rojas como el fuego de la capa que le atrapaban las piernas al techo. Igualmente le pasaba con sus manos. Las raíces ardían y le quemaban la piel. Carmen estaba fija al techo. Poco a poco se quedaba sin aire por la asfixia que le provocaba esa especie de mano roja que le hacía arder el cuello y le apretaba más y más. De la capucha roja Carmen vio con sus ojos inyectados en sangre una cara monstruosa, como de insecto, con dos esferas a los lados a modo de ojos, pelos alrededor y una especie de pinzas a modo de boca que se le acercó a su blanca cara. Carmen estaba a punto de ser devorada por aquella cosa. No podía pensar en otra cosa, en salir de allí, no quería morir. En un suspiro, Carmen convulsionó y una niebla azul comenzó a salir de los poros de su piel. Enseguida aquella cosa escondió su boca y sus ojos dentro de la capa y las raíces empezaron a romperse. Esa niebla azul parecía dar efecto. Aquella cosa encapuchada de rojo se fue velozmente saliendo de la habitación de Carmen. Ella, calló de golpe contra el suelo. Pudo notar como sus dientes se clavaban en su labio inferior. -¡Socorro! ¡Socorro!- gritaba desesperada. Estaba en shock, pero ella sabía que no podía quedarse allí, así que escupió un poco de sangre de su boca y trató de ponerse en pie apoyándose en su cama aún deshecha. Se observó un momento y lo primero que vio fue como aquella niebla volvía a su interior. Intentó disiparla con las manos sin éxito. No sabía qué podía ser aquella niebla, pero le había salvado de aquella cosa. Sus piernas estaban todas quemadas igual que sus manos y brazos y su cuello. El escozor y el dolor le impedían avanzar rápidamente.
Justo en la puerta de su habitación recordó las palabras de aquella mujer de pelo blanco: "¡Sal de la casa Carmen!". Seguía en ropa interior, pero eso ahora era algo bastante secundario en el objetivo de salir de su casa.  Debía cruzar todo el pasillo para llegar hasta la puerta del recibidor y salir de la casa pero aquella cosa seguía escondida en alguna parte de la casa.
Carmen se dirigió a la cocina muy despacio, casi sin respirar. y cogió un cuchillo de carnicero. Después, continuó por el pasillo, caminando recto, sin hacer ruido y escuchando cualquier tipo de sonido extraño. Pasó por delante de la puerta del cuarto de baño, pero ningún peligro a la vista. Continuó caminando hasta que llegó a la puerta de la habitación de su hermano pequeño, que esa mañana no  estaba en casa porque durmió en casa de un amigo. Carmen escuchó en ese momento un ruido que venía de esa habitación. Empuñó el cuchillo como si fuera a clavárselo a alguien y entró en la habitación. Algo sonaba en el armario de su hermano. -¿Te gustan los armarios carbón?- preguntó en voz baja. De golpe abrió la puerta del armario, pero había nada; solo ropa. Entonces escuchó mejor y se dio cuenta de que el ruido venía de detrás de la pared. ¿Era posible? ¿Esa cosa podía meterse detrás de las paredes? No quería quedarse a averiguarlo. Salió de la habitación y de nuevo en el pasillo empezó a correr y a chillar; el ser encapuchado estaba en la otra punta del pasillo y se dirigía a ella a toda prisa, levitando, deslizándose sobre el suelo. Carmen cojeando llegó hasta la puerta del recibidor de su casa, pero no le daba tiempo a abrirla y salir; esa cosa le había vuelto a atrapar con las raíces ardientes por la espalda. Un grito sofocado por un suspiro salió de la garganta de Carmen que se giró como pudo y le lanzó el cuchillo a aquella cosa, dándole justo en el hueco de la capucha. Ese ser encapuchado volvió a echarse para atrás produciendo una especie de grito agudo y soltando la espalda de Carmen. Ella, abrió la puerta y para su asombro lo que había al otro lado no era su rellano. Era la oscuridad absoluta. No había nada detrás de su puerta. Carmen estaba desesperada, ya no sabía que hacer. Aquella cosa volvía a la carga, directa hacia ella, deslizándose por el suelo a toda velocidad. Carmen la miró de frente y justo antes de que la atrapara de nuevo con esa especie de raíces abrasadoras, escupió de nuevo sangre de su boca y se dejó caer a la nada. Pudo ver como aquella cosa sacaba unas patas puntiagudas, rompiendo la capa roja y sujetándose en el marco de la puerta, sin llegar a tirarse como ella. Esa oscuridad le debería dar miedo.
Carmen caía estrepitosamente hacia la nada. Los gritos de aquella cosa se perdían, como su imagen, se iba haciendo pequeña y disipándose en la oscuridad. -Así que este es el fin.- pensó para sí misma. Carmen notaba la velocidad en su cuerpo, lo notaba vibrar, podía sentir su corazón palpitar sin parar, cuando de repente todo se paró. La oscuridad se volvió luz, la velocidad en reposo y la desesperación en desconcierto.

-No nos equivocamos contigo.-dijo una voz. Carmen estaba mareada y no distinguía bien las formas. Pero concentrándose descubrió que la que hablaba era la misma mujer de pelo blanco y ojos blancos que le avisó de que saliera de su casa a través de la televisión de su comedor. Carmen sentía como levitaba tumbada hacia arriba unos cinco centímetros sobre el suelo. -¿Quién coño eres?- preguntó Carmen desorientada. -Me llamo Daviana y soy la profesora de Ilusiones, además de la seleccionadora del grupo tres.- respondió aquella mujer. -¿Grupo tres? ¿De qué mierdas hablas?- Carmen no entendía nada. -Sí, grupo tres. Es normal que estés confusa. Cuidado ahora.- le advirtió Daviana que pulsó un botón de un panel de controles que tenía a su izquierda. Inmediatamente Carmen cayó a una superficie dura, pero sin hacerse daño. Se incorporó y observó toda la habitación. Se trataba de una sala completamente blanca, a juego con el pelo, los ojos y la bata de Daviana. -¿Dónde estoy?- preguntó Carmen. -En Nexo, facultad de magia.- respondió Daviana. -¿Es una puta broma o algo así? Os pienso denunciar, me he lesionado.- amenazó Carmen. -No me hagas reír. ¿Qué le dirás a la policía? ¿Que un bicho encapuchado te persiguió por tu casa y que tú lo espantaste segregando un humo azul?- se burló Daviana. -Tengo heridas que lo demuestran.- afirmó Carmen señalándose las marcas del cuello y la brecha en la boca. -¿Qué heridas?- preguntó Daviana mientras chasqueaba los dedos. Las heridas habían desaparecido. -¿Qué coño has hecho?- preguntó Carmen alucinada. -Ya te dije que era profesora de Ilusiones. Todo lo que has vivido ha sido una ilusión creada por mí. Lo siento pero tenía que ver si superabas el examen. Pero tranquila, lo has aprobado.- explicó Daviana un poco irónica. -¿Examen? ¿Me estás diciendo que he estado a punto de palmarla por un examen?- se sofocó Carmen. -Calma, relájate. Es el examen de ingreso, todos tenéis que pasarlo.- aclaró Daviana. -¿Y qué hubiera pasado si no lo llego a aprobar?- preguntó Carmen enfadada. -¿Has oído hablar de la muerte súbita?- dijo Daviana entre risas. -Puta psicópata- acusó Carmen alucinada. -Se trataba de encontrar la salida a la ilusión, y tú lo hiciste. Enhorabuena, estás dentro, vas a poder desarrollar tus capacidades especiales con los mejores profesionales del país.- Le dijo Daviana intentando calmarla. -¿Me  estás diciendo que soy maga o algo así?- preguntó Carmen estupefacta. -Dios, sí. ¿No te convence todo lo que estás viviendo? Por favor ves saliendo de la habitación por la puerta que tienes a tu derecha. En seguida llegará el siguiente sujeto.- le avisó Daviana algo seria. -¿Pero y mi familia? Quiero hablar con ellos.- le exigió Carmen a Daviana. -No. Sal por la puerta por favor.- le pidió Daviana algo irritada. -Y una mierda, quiero verles.- se plantó Carmen. -¡He dicho, que te vayas por la puerta joder!- le gritó Daviana. Con un gesto de su mano hizo salir por los aires a Carmen estampándola contra la puerta. -¡Te puedo asegurar que esto no es una puta ilusión, así que vete!- le exigió Daviana. Carmen asustada salió por la puerta y tras cerrarse esta detrás suya, se encontró en una habitación con diez camas individuales, cinco a un lado y cinco a otro. Al fondo habían unas duchas y un par de letrinas muy limpias, al igual que los lavabos y los espejos que habían enfrente de las duchas.

Todo aquello que le acababa de ocurrir era imposible. No podía ser. Se echó en la primera cama, en la más cercana a la cama y cerró los ojos muy fuerte con la intención de despertar en su cama, con la intención de que todo fuera un ridículo sueño, digno de película de Spilberg, sí, pero un sueño. Era ridículo. Ahora debería estar en la piscina municipal con su amigo Leo. ¿Y su familia? ¿Cuando podría verla? Esa pregunta la mataba. No podía creerlo... ¡Maga! No. definitivamente debía ser un error, un "fail". Ella nunca había tenido poderes, ni siquiera le gustaba ver "Harry Potter". En definitiva, ella era de las que le buscaban una explicación lógica y científica a las cosas. Demasiada información en tan poco tiempo. Estaba saturada, pero no sola, ya que la puerta por la que había entrado ella misma a la habitación se abrió y entró aquel chico moreno de piel, rubio, de ojos marrones, más o menos alto, con una camiseta blanca ceñida y unas bermudas negras a juego con las deportivas de cuadros blancos y negros. Era Leo.

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